El Desmadre

Hace unos ochenta años, los labriegos de Punta de Garza, en San Pedro de Macorís, vendieron sus conucos por poco dinero. Un testigo de 92 años cuenta cómo el poblado se volvió barrio, los dueños de la tierra acabaron de peones y solo el manantial sobrevivió...eso espera!

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El Desmadre
Photo by TRANQUILLE INTERNET / Unsplash

"Yo lo vi con estos ojos que se los comerán los gusanos cuando me muera".

Eso le escuché decir a Don Secundino en la sala de mi casa, un mediodía de sábado, hace ochenta años. Hablaba del descalabro que estaban cometiendo los dueños de los pequeños conucos de Punta de Garza, un poblado adormecido que visitábamos de vez en vez para comprar viandas frescas recién sacadas de la tierra y nísperos en tiempo de cosecha. Yo era un muchacho y no le ponía mucho caso a sus comentarios.

Don Secundino era el alcalde pedáneo de Punta de Garza. Bajaba a San Pedro de Macorís los sábados de quincena, por algún asunto de la Comisaría policial y a hacer su compra de provisiones y gas queroseno en el colmado de los boricuas, doña Antonia y Juan Rodríguez Pagán, el negocio mejor surtido de nuestro barrio de Placer Bonito. Yo me deslumbraba cuando lo veía llegar con su traje de fuerte azul planchado y el revólver brillando en la cintura. Paraba en casa a tomar café y a conversar con papá sobre la guerra entre los Aliados y los alemanes. Los sábados que no había escuela me daba una vueltecita en su mulo pinto. Me sujetaba con el brazo izquierdo y con la otra mano sostenía las bridas de cuero que yo agarraba orgulloso, mientras él montaba con cierto aire de hombre de autoridad.

Aquel mediodía le dijo a mis padres: La gente de Punta de Garza se está arruinando. ¿Cómo así, don Secundino? —preguntó mamá. 

Pero usted no sabe, cristiana de Dios, que le están vendiendo la tierra de cultivo por carretadas a una gente rica de Macorís, que dizque tiene un huerto muy lindo de naranjas valencianas. ¡La pura tierra donde siembran los víveres que comen y hasta venden! Y lo malo es que se ofenden con mis consejos. Alegan que la tierra es de ellos, y no un regalo del creador. Esa tierra está ahí desde que Dios hizo este mundo, antes de que los indios taínos se establecieran en las cercanías del manantial que baja de la barranca calichosa hacia el manglar y desagua manso y cristalino en el río Higuamo.

Yo no metía la cuchara en las conversaciones de los mayores. Escuchaba. Y le escuché varias veces, en aquella misma sala, la queja que todavía me suena en el oído: "Ay, Dios mío, no han vendido también el manantial porque está escondido en la barranca".

Ese manantial no era un adorno del paisaje. El agua bajaba bien dulce y endulzaba una charca donde yo me iba a bañar con mi amigo Rafa cuando el calor no se aguantaba. De ahí se cogía agua para las casas, porque en ese tiempo San Pedro de Macorís no tenía acueducto.

Entre el 1946 y el 1950, todavía yo muchacho, una plaga de mosquita blanca arruinó los frondosos árboles de nísperos (conocida en otros lugares como míspero, níspola) y las frutas salían raquíticas. Los hombres se fueron al pueblo a echar días como peones. Casi todos vendieron sus conucos por bagatelas a gente astuta del pueblo y los agiotistas los compraron como baratijas.

A esas familias les cayó encima lo que Don Cundo llamaba "el desmadre". Por años yo repetí sus palabras tal como él las decía, con rabia contra los que vendieron. A mis noventa y dos años no las digo igual. Aquella gente no era bruta. Era gente sin con qué esperar la cosecha siguiente. El que tiene hambre firma cualquier cosa. Yo también tuve que dejar mi tierra por otras razones y sé lo que pesa una salida que uno no escogió.

Los compradores no dejaron el terreno quieto. Lo urbanizaron, pusieron electricidad, escuela y un parque. Ahí está lo que no entendí de muchacho. La luz y la escuela llegaron a Punta de Garza cuando los dueños de la tierra ya se habían ido al pueblo a echar días. Lo que valía esa tierra! La habían sembrado ellos durante generaciones y se quedó todo del lado del que compró barato.

Del poblado solo quedó una sombreadora mata de níspero en el parquecito del barrio, que todavía me recuerda las advertencias de Don Secundino. Sus huesos descansan en el cementerio de San Pedro de Macorís, junto a los de sus coterráneos, porque en aquellas tierras ancestrales no quedó ni un cementerio que guardara sus polvorientos restos mortales.

Escribo desde Estados Unidos y no puedo ir a ver. Me quedan preguntas. ¿Todavía corre el manantial de la barranca calichosa? ¿Queda algo de aquella charca donde me bañaba con Rafa? ¿Hay algún conuco sembrados en la ribera del Higuamo? ¿Cuántas familias están firmando estos tiempos, en otro poblado adormecido, una venta por bagatela? Alguien más joven que yo tiene que ir a mirar para este tipo de desmadre no se repita.


Pie de autor

Voz invitada. Juan Ernesto Silva es poeta y escritor dominicano radicado en Estados Unidos. Nació y se crió en San Pedro de Macorís y fue testigo, siendo niño, de los hechos que narra en esta columna. Esta columna recoge su experiencia y su punto de vista. No es una pieza reporteada por HUMANKIND NEWS y no lleva sello de evidencia.