La doctora que hervía la leche en su cocina
Evangelina Rodríguez vendió gofio en la calle para pagarse la escuela, estudió obstetricia en París y volvió a montar en San Pedro de Macorís lo que el país no tenía. Trujillo la borró del registro de médicos. Lo que ella dejó armado todavía se usa.
El 11 de enero de 1947 apareció un cuerpo en la calle Rafael Deligne, en San Pedro de Macorís. Una mujer de sesenta y siete años, flaca, con zapatos de hombre. El certificado de defunción dice "inanición": murió de hambre.
Era la primera dominicana en graduarse como médica. Yo supe más sobre ella hace unas semanas y por eso quiero compartir con ustedes lo que investigué contandoles su historia. Tiene una calle en Santo Domingo desde 2014; su biografía está colgada en los portales educativos del Estado y la UASD le lleva flores cada año en su fecha de nacimiento. Pregúntele a cualquiera en la guagua quién fue.
Una niña y una lata de gofio
San Pedro de Macorís, año 1880. El aire tiene olor a caña y a salitre. Una niñita camina detrás de su abuela, vendiendo gofio, ese polvo dorado de maíz tostado y azúcar que uno se echa a la boca inflando las mejillas para soplárselo en la cara al otro.
Eso me devuelve a mi infancia.
Se llama Andrea Evangelina y no la quiso nadie. Nació en Higüey en noviembre de 1879, de un hombre y una mujer que no se casaron ni se hicieron cargo de ella, y quedó con la abuela paterna, que la mantiene con lo que dé esa lata.
Años después…
Rafael y Gastón Deligne, dos hermanos poetas de la capital, se habían mudado al pueblo tras recibir un diagnóstico de lepra. Evangelina, que era una muchacha y no tenía por qué, empezó a ir todos los días a limpiarle las llagas a Rafael, que era el que más grave estaba. Nadie le pagó nunca esas visitas. Lo que había en esa casa eran libros y dos hombres enfermos discutiendo en voz alta sobre cosas de las que en el muelle nadie hablaba. Ella iba, curaba y se quedaba oyendo.
Fue Rafael quien le dijo que estudiara. Y fue una maestra, Anacaona Moscoso, la que le consiguió el cómo: un puesto para alfabetizar adultos por las noches y pagaba la matrícula para estudiar de día. Entró a la secundaria en 1898, a los diecinueve años. Y luego se recibió de maestra en 1902.El 19 de octubre de 1903 hizo algo que ninguna dominicana había hecho: se inscribió en la Escuela de Medicina de la Universidad Autonoma de Santo Domingo.
Por qué obstetricia?
Se graduó en diciembre de 1911, a los treinta y dos años. (Algunas fuentes dicen 1909; las más documentadas, 1911.) Pero la decisión que determinó el resto de su vida la tomó cuatro años antes.
En 1907, Anacaona Moscoso murió tras un embarazo del que los médicos la habían advertido. La mujer que la sacó de la calle falleció de lo que hoy llamaríamos una muerte materna evitable. Evangelina eligió ahí su especialidad: embarazos, partos y recién nacidos. En un país donde eso apenas se consideraba medicina.
Empezó en el campo, en Ramón Santana, atendiendo gratis a quienes no podían pagar y regalando medicinas. Durante diez años buscó dinero como pudo: escribió un libro sobre higiene y crianza (Granos de polen, 1915), dio charlas, pidió donaciones. Hasta que el ayuntamiento de San Pedro le dio una beca. En 1921, a los cuarenta y dos años, se fue a París.
Lo que pasó en París
Cuatro años en hospitales parisinos donde se moría muchísima menos gente que en su país, aprendiendo a atender partos y a salvar recién nacidos. De todo aquello, lo que se trajo apuntado no era solo una técnica de quirófano. Era la goutte de lait, la gota de leche: un programa municipal que repartía gratis leche de vaca hervida a las madres que no tenían con qué.
Volvió en 1925 con tres baúles llenos de libros. En San Pedro no había hospital materno. No había leche segura. Las comadronas atendían los partos como siempre se habían atendido, y muchas mujeres y muchos niños morían de infecciones que ya se sabía cómo prevenir.
Montó la consulta en el cuarto más grande de una casa de madera en la calle Independencia. Iba de finca en finca pidiéndoles leche a los ganaderos. Contrató a mujeres del barrio para prepararla y repartirla. Y la pasteurizaba ella misma, en su casa, antes de que saliera una sola botella, porque la leche donada sin hervir es una forma de matar niños con buenas intenciones. Una pediatra dominicana de hoy, Claudia Scharf, dice que aquello fue, en la práctica, un banco de leche.
Enseñó a las comadronas a lavarse las manos y a hervir los biberones. A las embarazadas les enseñaba a esterilizar y a dejar tiempo entre un parto y otro. En la consulta repartía condones, envueltos en un paquetito, según recuerda Selisette, la hija que adoptó en 1929.
También cargaba el maletín hasta los burdeles del puerto y les pasaba consulta gratis a las mujeres que trabajaban ahí, algo que en San Pedro se comentó bastante. Cuando se lo reclamaron, contestó: "No son malas mujeres. Son mujeres pobres que no encuentran otro trabajo." Y siguió yendo.
Consiguió fondos para una maternidad en el centro del pueblo, la Casa Amarilla, donde entraba cualquier mujer, pagara o no.
¿Funcionó?… No hay una cifra y debo apuntalar algo antes de seguir. Nadie contó cuántos niños de San Pedro dejaron de morir entre 1925 y 1935. En República Dominicana todavía no se llevaba estadística de casi nada.
Sabemos otra cosa, y con eso basta: la leche sin hervir mata a bebés con diarrea; la hervida, no. La medicina ya lo sabía antes de que ella naciera. Lo raro nunca fue el dato. Lo raro es una doctora vigilando la olla en su propia cocina, botella por botella, sin que nadie se lo hubiera pedido ni se lo fuera a pagar.
El precio
Le metían cartas anónimas debajo de la puerta. "Cartas mezquinas", le dijo llorando a una amiga, según recoge Zaglul. La llamaban marimacho porque nunca se había casado y se burlaban de su color de piel. Y estaba repartiendo condones en un país donde la doctrina católica enseñaba que el sexo sin fines de procreación era pecado; la historiadora Mercedes Fernández Asenjo dice que se le fue encima mucha gente, la Iglesia incluida. Dejó de arreglarse y empezó a usar zapatos Oxford de hombre.
Aparece Trujillo
En 1933 presentó un trabajo en un congreso médico y fue reconocida. Cometió un error que luego le costaría muy caro: no le dio las gracias al jefe. Los dominicanos sabemos de quién hablamos y lo que esa acción implicaba. En 1935 la excluyeron del siguiente congreso. Su nombre desapareció del registro nacional de médicos. El régimen montó sus propios programas de reparto de leche y jamás la mencionó.
La historiadora Mercedes Fernández Asenjo lo dice sin dar muchas vueltas: un régimen que promovía el blanqueamiento del país no quería a una mujer negra como imagen de lo que significaba ser dominicana.
Ella no se calló. Su hija recuerda que hablaba de Rafael Leónidas Trujillo como lo que era: un dictador, un asesino. En 1946, durante la huelga azucarera del Este, la detuvieron mientras caminaba cerca de Pedro Sánchez. (Yo Suelo pasar mucho por esa carretera para visitar a la familia de mi esposo. Definitivamente, ese camino no lo voy a volver a ver igual.)
La llevaron a la Fortaleza de San Pedro de Macorís. La golpearon durante varios días. La dejaron tirada en un camino rural cerca de Hato Mayor.
Después de eso, dejó de hablar. Después dejó de comer.
La calle donde la encontraron aquel 11 de enero se llamaba Rafael Deligne, como el leproso al que ella había cuidado de muchacha. Ningún periódico publicó una línea.
Durante los diez años anteriores, la gente del Este la veía pasar con una canasta de flores, hablando sola, y decía que estaba loca. Le seguían abriendo la puerta cuando había que parir. Eso también ocurría: se burlan de la mujer que va por la calle y, a las tres de la mañana, la mandan a buscar.
Lo que quedó
En 1980, treinta y tres años después de su muerte, un psiquiatra de San Pedro, Antonio Zaglul, publicó su biografía: "Despreciada en la vida y olvidada en la muerte." Zaglul había sido su paciente de niño. Sin ese libro, usted no estaría leyendo esto.
Desde entonces, Profamilia le puso su nombre a una de sus primeras clínicas de planificación familiar en 1968. Un sello postal en 1985. La maternidad pública de San Pedro se llama Hospital Materno Evangelina Rodríguez. INTEC tiene un centro de salud comunitaria a su nombre. Y hoy dia, en las facultades de medicina de Santo Domingo, entre siete y ocho de cada diez estudiantes son mujeres.
Un siglo después, el país tiene los hospitales que ella hubiera soñado llegar a ver. Casi todas las dominicanas paren en uno y casi todas pasan por su control prenatal. Y Salud Pública calcula que ocho de cada diez muertes de madres y recién nacidos se habrían evitado si esa consulta y ese parto se hubieran atendido conforme al protocolo. En 2025 murieron 177 mujeres por causas relacionadas con el embarazo y 1,819 bebés antes de cumplir el año, de hipertensión, de hemorragia, de infección: lo mismo que ella peleaba con una olla y unas comadronas entrenadas a mano. Nadie tiene que descubrir nada. Hay que tomarle la presión a la mujer que está sentada ahí y anotar el número.
No la elegimos porque su historia levante el ánimo. La elegimos porque incomoda. Evangelina no tuvo hospital ni Estado detrás y se paró igual frente a una olla a hervir leche para hijos ajenos. Nosotros tenemos las dos cosas. En 2026 se nos siguen muriendo mujeres.
Si usted trabaja en un hospital, en un dispensario, en una escuela o en un ayuntamiento, la pregunta no es qué haría Evangelina. Es cuál de las cosas que ella ya resolvió estamos dejando perder esta semana?
Fuentes principales: Antonio Zaglul, "Despreciada en la vida y olvidada en la muerte" (1980); Lost Women of Science, temporada "Evangelina Rodríguez Perozo" (2025), con las historiadoras April Mayes, Elizabeth Manley y Mercedes Fernández Asenjo y la pediatra Claudia Scharf; Scientific American; portal Educando (MINERD); Encyclopedia.com; UNICEF República Dominicana y Ministerio de Salud Pública; Listín Diario, cifras de mortalidad materna e infantil 2025. Foto: autor desconocido, en dominio público, vía Wikimedia Commons.