La vacuna contra la violencia se administra en casa

Perdimos la capacidad de asombro ante la violencia. Lester McKenzie sostiene que nacemos con la agresividad a cuestas y que el entorno decide si se desborda. Su conclusión pone la responsabilidad donde menos gusta escucharla: en el hogar.

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La vacuna contra la violencia se administra en casa
Photo by Matthew LeJune / Unsplash

Desde hace un tiempo nos estamos acostumbrando a vivir rodeados de violencia como si fuera un estado normal de la convivencia. Hemos perdido la capacidad de asombro. Nuestros modales culturales de antaño se convirtieron, casi sin que lo notáramos, en una cultura de agresión física, mental y hasta visual.

Basta mirar cómo nos relacionamos. Discutimos con violencia. Conducimos con violencia. Corregimos los errores de los demás con violencia. La policía intenta imponer el orden con violencia. Los países que propugnan por la paz dirimen sus diferencias con la guerra. Y hasta las grandes manifestaciones por la paz terminan en un mar de heridos y muertos.

Los datos acompañan la impresión. El informe Safe to Learn and Thrive, presentado por la UNESCO en noviembre de 2024, estima que la mitad de los menores del mundo, unos mil millones de niños, niñas y adolescentes, sufren algún tipo de violencia física, sexual o psicológica cada año. Uno de cada tres estudiantes reporta haber sido acosado en el último mes.
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¿Qué está pasando? ¿El ser humano nace con predisposición a la agresividad y no puede evitarla, o más bien, se hace agresivo por influencia del medio en que se desarrolla?

La respuesta más cercana a la verdad, desde nuestra óptica, es que nacemos con la agresividad a cuestas. Esa carga puede degenerar en violencia en mayor o menor proporción según las circunstancias que nos rodean: los atropellos, los abusos de poder, las injusticias, las humillaciones y un sinfín de situaciones que presionan y desbordan los límites de tolerancia de cualquier persona que se sienta amenazada.

Reconocemos que el tema es complejo y se presenta en múltiples aspectos. Uno se ve tentado a justificar la violencia frente a los opresores, los delincuentes, los secuestradores, los corruptos, frente a toda persona o situación que atente contra nuestra familia o nuestra propiedad. Pero resulta que la violencia en sí no es un bien. Aunque de momento parezca conseguir paz y orden, los resultados no son duraderos. Se fracasa siempre que no se resuelve el conflicto de manera racional y pacífica.

Nuestros hijos y nietos serán personas pacíficas si los educamos para la PAZ. El ambiente del hogar es determinante, tanto que unos padres buenos y responsables equivalen a muchos maestros. La pareja es el fundamento de la familia y, por tanto, de la sociedad; si esa pareja tiene problemas, se refleja en los hijos a través de su comportamiento.

Ellos serán menos agresivos porque habrán sido más amados. Serán más comprensivos porque habrán sido mejor tratados. Serán más libres porque los habremos ayudado a liberarse, y así podrán oponerse a las estructuras de opresión, denunciar la violencia y construir ellos mismos un mundo en paz.

Tomemos en cuenta que la educación es la vacuna más efectiva contra la violencia.