Mil toneladas de acero y la pregunta del millón

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Mil toneladas de acero y la pregunta del millón
Photo by Flavia Carpio / Unsplash

A proposito de los diferentes terremotos en los ultimos mese, en diferentes partes del mundo. En Chocó, Colombia, la cifra de la donación la calculó quien iba a recibirla, no quien daba. Ahí cabe la diferencia entre ayudar y sentirse bien.

humankindnews.com  ·  Domingo 23 de agosto de 2026  ·  Lectura: 5 minutos

En Quibdó hay un colegio cerrado con cuatro mil alumnos que ya no entran y una cifra: cerca de mil toneladas de acero.

La cifra tiene un detalle que se pasa por alto. No la propusieron las empresas que van a donar el acero. La calculó la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, que midió cuánto hacía falta para las obras priorizadas del departamento y pasó el número. Cinco siderúrgicas dijeron que sí: Acerías Paz del Río, Diaco, Grupo Siderúrgico Reyna, Ternium y Sidoc  y el acero se canaliza por el Banco de Materiales de la ANDI. El destino es Chocó: viviendas, colegios, centros de salud y las vías que conectan los territorios.

Lo normal, en una catástrofe, es al revés. El que da decide qué da, cuánto y cuándo. El que recibe agradece. Así es como llega ropa de invierno a pueblos tropicales y juguetes sin rueditas que nadie pidió. Quien haya trabajado en una emergencia conoce el momento en que el problema deja de ser la escasez y pasa a ser el centro de acopio: gente ocupada clasificando donaciones inservibles mientras alguien, en algún lado, espera láminas de zinc.

Veníamos siguiendo el terremoto del 10 de agosto como se siguen estas cosas. Un sismo de magnitud 7,4 a las 7:34 de la mañana, con epicentro en San José del Palmar. Contando muertos: 319. Viviendas destruidas: 31.461. En algún momento la cuenta deja de decir nada. Trescientos diecinueve. Treinta y un mil. Los números grandes anestesian.

Lo que nos llamó la atención fue este detalle diminuto: alguien preguntó primero.

Lo que ya sabíamos y habíamos olvidado

Colombia tiene un antecedente y lo está desempolvando. El terremoto del Eje Cafetero, en 1999, dio origen al FOREC, el fondo que hoy se cita como modelo.

Pero lo que hizo funcionar al FOREC no fue la generosidad. Fue el diseño. La ejecución se repartió en 32 gerencias zonales a cargo de organizaciones de la sociedad civil: 31 ONG convocadas a levantar un país. Los costos internos y honorarios de todas esas gerencias juntas sumaron el 5,4% del presupuesto. La Contraloría concluyó que el fondo manejó los recursos con transparencia y que no detectó actos de corrupción.

El mismo organismo, eso sí, calificó de ineficientes a algunas gerencias que no ejecutaron a tiempo y tuvieron que ceder sus obras a otras. El modelo no fue perfecto. Fue auditable, que es distinto y sirve más.

Dos decisiones administrativas y aburridas. Eso es lo que se ve a primera vista.

El dato que me parece conveniente mirar de frente

Hoy al mediodía, más de treinta artistas empiezan a cantar gratis en Bogotá. Antes de que se abrieran las puertas ya había más de veinticinco mil donaciones y cuatro mil quinientos millones de pesos recaudados. El ciento por ciento va a la Corporación Presentes, con un comité de ejecución y seguimiento. Será hermoso y servirá.

Ahora la aritmética. Las proyecciones de Lumen Economic Intelligence calculan que las donaciones privadas van a cubrir cerca del 5% del costo de la reconstrucción. El 65% saldrá del presupuesto público. El 30%, de cooperación internacional. La factura total se estima entre veinte y cuarenta billones de pesos, en un país que arrastra un déficit fiscal cercano al 8% del PIB.

Un concierto, sin duda, compra tiempo y cohesión. Son cosas escasas y valen. No compran reconstrucción.

No lo decimos con cinismo. El riesgo verdadero es que un país sienta que ya hizo lo suyo y se desmovilice justo cuand

Dónde el dinero no llega solo

Hay un informe que muy pocos han mencionado. El Monitor de Desarrollo Territorial, de la firma Arteaga Latam, midió los 44 municipios más golpeados cruzando ocho indicadores. El hallazgo no es que falte dinero. Es que treinta de esos municipios son de categoría sexta, la escala más baja de la Ley 617, sin recaudo propio ni capacidad de endeudamiento para cofinanciar nada. Y el informe advierte algo peor: aun si la Nación gira partidas extraordinarias, esas alcaldías carecen de la estructura administrativa para licitar, supervisar y concluir las obras. Eso quizás suene familiar fuera de Colombia.

Salento tiene cero camas hospitalarias por cada mil habitantes, cuando el promedio nacional es 1,17. Cero. Río Iró, en Chocó, saca 23,9 puntos de desempeño municipal sobre cien. Buenaventura, con 332 mil habitantes y el puerto más importante del Pacífico, marca 46,6 en desempeño fiscal, muy por debajo del promedio nacional de 55,9.

Girar recursos a un municipio que no puede contratarlos es una forma elegante de no ayudar.

«El desastre lo desató la naturaleza; que la recuperación sea justa o desigual lo decidirá la política pública».

Es la frase con la que quiero cierrar ese informe. Deberíamos tenerla en letras grandes y en negrita.

La pregunta

Nos quedamos con la sensación de haber aprendido algo que sirve mucho más allá de Colombia.

La pregunta que diferencia la ayuda útil de la ayuda que estorba no es cuánto puedo dar. Es esta: ¿qué se necesita aquí exactamente, quién lo calculó, y cómo vamos a saber si llegó?

Sirve para un terremoto o para un huracán. Sirve igual para una colecta de colegio o para la empresa que en diciembre quiere cumplir con su cuota de responsabilidad social. Casi siempre existe alguien que ya midió lo que hace falta. Casi nunca le preguntamos.

Trece días después, Colombia todavía no sabe si el Plan Milagro va a funcionar. Nosotros tampoco. Lo que sí sabemos es que hay un Batallón de Expertos tamizando edificaciones para decidir cuáles se reparan y cuáles se demuelen, antes de levantar una sola pared. Que más de novecientos psicólogos —quinientos practicantes y cuatrocientos graduados, convocados por la Konrad Lorenz— salieron a atender gratis contra el reloj de las primeras setenta y dos horas. Que cuatrocientos mil estudiantes tienen a alguien tratando de mantenerlos en clase, aunque el aula sea un albergue con antena satelital.

Nada de eso asegura que la reconstrucción salga bien; en Río Iró pueden llegar los recursos y no haber quién los firme. Pero las tres cosas empezaron igual: alguien fue y midió antes de mover un dedo. Es más de lo que se puede decir de casi toda la ayuda que llega a un desastre.

Y si esta columna se llama Inquietud Colectiva es porque la inquietud no se resuelve leyendo. Se resuelve preguntando, en el lugar donde cada quien esté parado: ¿qué se necesita aquí, y quién lo calculó?

De dónde salen los datos

Verificable, con fecha, para quien quiera ir más lejos.

  • El acero, el Banco de Materiales y las cinco siderúrgicas · El Espectador, 22 de agosto — fuente
  • Cómo operó el FOREC en 1999 · Corporación Latinoamericana Sur, 17 de agosto — fuente
  •  Balance de víctimas y viviendas, y el informe de Arteaga Latam · El Tiempo, 22 de agosto
  • Los 44 municipios y su capacidad real de ejecutar · El Tiempo, 22 de agosto — fuente
  • El reparto del costo: 65% público, 30% cooperación, 5% donaciones · El Tiempo, 18 de agosto — fuente
  •   El costo de la reconstrucción, el reparto 65/30/5, el Plan Milagro y el Batallón de Expertos · El Tiempo, 18 de agosto
  • Cómo operó el FOREC en 1999 · Corporación Latinoamericana Sur, 17 de agosto
  • El concierto «Colombia: Voces por la Vida» · Infobae, 22 de agosto — fuente
  • Los 900 psicólogos y la ventana de 72 horas · Infobae, 13 de agosto — fuente
  • Directiva 009 y la continuidad escolar de 400.000 estudiantes · Infobae, 17 de agosto — fuente
  • El concierto «Colombia: Voces por la Vida» · Infobae, 22 de agosto
  • Todo lo que sigue fue cotejado contra la fuente original antes de publicar.

Nota: las cifras oficiales cambiaron a diario durante la cobertura. Entre el 18 y el 22 de agosto el conteo de fallecidos pasó de 294 a 319. Cada dato de esta columna lleva la fecha de su fuente.