Una duda que traigo desde mis tiempos del liceo

Un profesor de San Pedro de Macorís explicó una vez que el estiércol de los cerdos podía alumbrar las casas. Ochenta años después, Juan Ernesto Silva se pregunta quién en este país lo está intentando.

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Una duda que traigo desde mis tiempos del liceo
Fachada actual del Liceo José Joaquín Pérez, en San Pedro de Macorís, donde estudió el autor. Foto: https://liceojosejoaquin.blogspot.com/

Tenía yo el brazo izquierdo fracturado en el hospital Dr. Carl Th. Georg en una cama en el àrea de ortopedia cuando el mundo andaba en plena Segunda Guerra Mundial, y de aquellas noches lo que más recuerdo es la luz: los médicos nos atendían alumbrándose con unas lamparitas de alcohol, porque en los pueblos no se podían encender de noche las plantas eléctricas. Nadie lo veía como un invento, era lo que había. Hoy pienso que aquella llamita estaba diciéndonos algo que hemos tardado ochenta años en escuchar.

Unos años después, en las aulas del Liceo José Joaquín Pérez de mi pueblo natal, San Pedro de Macorís, un profesor de biología, o de química, que ya la memoria no me alcanza para tanto, nos explicó de manera rudimentaria que el excremento de los cerdos en las pocilgas produce metano, un gas combustible capaz de sustituir al kerosén que iluminaba nuestras casas si se conducía debidamente hasta las familias. Nadie le hizo caso a esa novedad, porque el kerosén era barato y el petróleo de aquellos tiempos no era ni tan disputado ni tan caro como ahora. A mí, sin embargo, aquella idea se me quedó dando vueltas como una duda de estudiante que nadie vino nunca a resolver.

Esa duda vieja me la despertó, como un trueno lejano, una noticia de hace unas semanas: científicos rusos, de Novosibirsk y Tomsk entre otros, lograron sacar queroseno de aviación del serrín de pino y de la cáscara del girasol, y lo probaron en una turbina.

Lo primero que pensé fue: ¡qué bueno! Allá, donde petróleo les sobra, buscan la manera de mover aviones con eso que hasta ahora llamábamos, con desprecio, basura.

Buscar alternativas a ese fantoche belicoso que es el petróleo ya no es una curiosidad de estudiante, hoy es vital, y no tiene nada de utópico. La paja de arroz, las cáscaras de todos los vegetales y el serrín tienen el potencial de convertirse en combustible barato. Si el alcohol se saca del guarapo de la caña de azúcar, ¿por qué no convertirlo en el combustible que mueva al país, si puede ser más limpio que ese petróleo que ahoga a los países desamparados como el nuestro, como Cuba y como Puerto Rico? ¿Y por qué casi nadie lo usa, a menos que quiera darse una borrachera? Mientras tanto el sol, ese sol grande y gratuito que nos cae encima todo el año, sigue siendo el gran olvidado de nuestras academias y de nuestros emprendedores.

Los dominicanos desperdiciamos la basura a un alto costo ambiental, mientras dilapidamos nuestras divisas en dólares para mantener el país en movimiento e iluminado a medias. Y la pagamos otra vez en los vertederos, donde la biomasa sepultada suelta metano y arde en basureros humeantes, costosos, molestosos y apestosos, que nos complican el espacio, la higiene y el control de incendios.

Nuestras universidades tenían que haber empezado ayer a formar a los profesionales que conviertan nuestras comunidades en lugares más higiénicos y prósperos, transformando la basura en combustible. El gobierno y las academias deben dedicarse a fondo, y juntos, a poner sus mejores cerebros a producir soluciones con lo que hoy botamos. Y mientras ellos se toman en serio este asunto, el resto de nosotros podemos empezar desde ya por cambiar una idea: lo que hoy nombramos basura no es desperdicio, es el combustible barato del futuro cercano.

No hablemos más «pluma de burro», como dice la periodista Altagracia Salazar. Desde Siberia nos están halando las orejas para que despertemos de nuestro letargo improductivo, aunque lo que yo me sigo preguntando, ochenta años después de aquella clase, es más cercano:

¿cuántas granjas de cerdos dominicanas producen hoy su propio gas?

¿qué hacemos con la paja de nuestros arrozales y el bagazo de nuestros ingenios?,

¿y quién, en este país, está ya intentando lo que aquel profesor nos explicó en el liceo?


Pie de autor

Voz invitada. Juan Ernesto Silva es poeta y escritor dominicano, nacido en San Pedro de Macorís y radicado en Estados Unidos. Esta columna recoge su experiencia y su punto de vista. No es una pieza reporteada por HUMANKIND NEWS y no lleva sello de evidencia.

Dato verificado por la redacción: el queroseno de aviación a partir de serrín de pino y cáscara de girasol se describe en la revista Fuel (2026) y lo anunció «Nauka v Sibiri», medio de la Rama Siberiana de la Academia de Ciencias de Rusia, el 28 de septiembre de 2026. Se probó en una turbina de laboratorio y aún no se produce a escala industrial.